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sábado, 22 de mayo de 2021

Un infierno milagroso - Emil Cioran

 –Cuanto antes acabemos, mejor –dijo Camier.

 –Es cierto –dijo Mercier. 

Hace unos meses, oímos en París al actor irlandés Mac Gowran recitar para sí mismo algunos poemas de Beckett y también fragmentos de sus novelas y de su teatro. No creo haber visto nunca a un intérprete identificarse hasta tal punto con una obra: ni siquiera el autor hubiera mostrado más convicción y fervor. Totalmente absorto en sí mismo, parecía indiferente al mundo exterior e incluso a la idea misma del público. Con su atuendo de mendigo, de un dios–mendigo, se movía en círculo como para expresar mejor que no se dirigía a nadie. Si recuerdo aquella noche en que ofició más que recitó o actuó, es porque no olvidaré fácilmente el sobrecogimiento que sentí cuando le oí pronunciar con una claridad definitiva la frase: «Lamento haber nacido». Creí haber descubierto de repente la clase de los personajes de Beckett, me pareció que todos ellos hubieran podido proferir esas palabras, que las proferían, en efecto, de otra manera, que ellas constituían el fondo de sus apotegmas y de sus bagatelas. Son seres que se extrañan de estar vivos, que ignoran lo que se llama una vida. Han pasado del nacimiento a la agonía sin transición, sin existencia: desechos que no tienen ya nada que aprender ni afrontar, que rumian futilidades risueños o estupefactos, y que de vez en cuando, por desprecio, lanzan algunas paradojas, algunos oráculos. Sólo se les comprende si se admite que 98 algo está irremediablemente roto, terminado, que pertene-[99]cen no al fin de la historia sino a lo que vendrá luego, a ese futuro quizás inminente, quizá lejano, en el cual la degradación del hombre alcanzará la perfección de una utopía al revés. La más descabellada de todas las utopías es la del superhombre. Anunciando en la parte fastidiosamente «constructiva» de su obra un nuevo tipo de humanidad, Nietzsche cayó en el ridículo y mostró su ingenuidad; no hace falta ser en absoluto profeta para ver con claridad que el hombre ha agotado ya lo mejor de sí mismo, que está perdiendo la compostura, si es que no la ha perdido ya. «El universo entero apesta a cadáver», dice Clov en Fin de partida, esa respuesta a Zaratustra. Sólo se es libre cuando se vive como si no se hubiera nacido, como si, en la hipótesis de una elección anterior a la existencia, hubiésemos articulado un no inequívoco. Cuando nos hemos convencido del desastre que representa el nacimiento, toda espera es una espera sin objeto. «El fin está en el comienzo y sin embargo continuamos», dice Hamm. Como él, Vladimir y Estragón no esperan nada ni a nadie: para ellos no vendrá nadie, nadie ha venido nunca. Incapaces de aceptar la calamidad de haber nacido, no saben por qué están aquí. ¿Con qué horizonte podrían contar cuando el «paraíso», quintaesencia y símbolo de toda espera, sólo es apenas imaginable en el espacio anterior al nacimiento, anterior a la historia e incluso anterior al ser? El ser, reconozcámoslo, no ha satisfecho nunca a nadie. Consentir en procrear es un verdadero atentado contra el saber, contra el conocimiento, una 99 empresa que parece inconcebible cuando se piensa en las ventajas de la inexistencia, en el milagro de una virtualidad no degradada en acto. El nacimiento no es el signo de la decadencia sino la decadencia misma. «¡Canalla! ¿Por qué me has [100] hecho?», le dice Hamm a su padre confinado en un cubo de basura. Es difícil, es imposible creer en la existencia de alguien que, aunque sólo sea para sí mismo, no haya pronunciado alguna vez semejante reproche. Por todas partes no hay más que padres culpables, devorados por el remordimiento, frente a sus vástagos furiosos por existir. No se puede perdonar a los genitores y en ese sentido se debería acusar de crimen más que de pecado al primero de ellos. «Pensadlo, pensadlo, estáis en la Tierra sin remedio», dice también Hamm. Pero él no se mata, él está más allá del suicidio, como lo están igualmente Estragón y Vladimir, quienes, a fin de cuentas, son superiores a la cuerda alrededor de la cual dan vueltas. Para matarse hace falta tener algo que matar o por lo menos hacerse cómplice de la propia negación. Precipitarse a la muerte significaría identificarse con algo, ceder a la seriedad, arruinar la ironía. En general, a los personajes de Beckett les repugna hacer gestos «importantes», retroceden ante toda ocupación que pudiera colocarles al mismo nivel que sus semejantes. Y, curiosamente, ellos, que no se rebajan a los actos, por el hecho mismo de negarse a actuar alcanzan lo verdadero, lo esencial, pues es evidente que no tenemos nada que hacer ni aquí ni en ningún otro lugar; eso ellos lo saben como nunca nadie lo ha sabido. Pero no es legítimo evocar a sus semejantes. No tienen semejantes. Mejor dicho, ni siquiera son mortales. ¿Qué son entonces? No se sabe. «¿Adónde iría yo si pudiera ir a algún sitio, qué sería yo si pudiera ser algo, qué diría yo si tuviera una voz que hablase así, 100 pretendiendo ser yo?», leemos en uno de los libros más bellos de Beckett, cuyo título, cosa rara en él, es al mismo tiempo un comentario: Textos para nada. Acusar al nacimiento es una desintoxicación y una [101] liberación. El budista, que se ejercita en ello desde siempre, alcanza con más seguridad que el cristiano el desapego y la serenidad. Si no se rumia la inoportunidad de toda llegada al mundo es imposible la liberación, cualquier clase de liberación. Tan intemporales como los ángeles, como ángeles devastados por el humor, los personajes de Beckett conocen la libertad extrema –no me atrevo a decir la alegría– de sentirse superfluos, desposeídos, fuera de juego, excluidos de la cadena de los vivos. «Todo esto no es asunto nuestro», parece ser su lema. En cuanto pronuncian la menor afirmación, la minan inmediatamente con una contra–afirmación, pues afirmar es para ellos proferir futilidades: se retractan y contradicen indefinidamente por temor a hundirse en alguna verdad. Si bien Beckett anota sus palabras fluctuantes con cierta distancia, describe en cambio con amor sus miserias psicológicas, se precipita en su decrepitud y, a medida que les despoja de los atributos exteriores de la humanidad, se anima, exulta y se vuelve casi lírico. Su universo es quizás un infierno, pero un infierno milagroso, puesto que en él uno se libera de la doble tarea de vivir y de morir. 

1970

Carta de E.M. Cioran a François Mauriac

 Hotel Majory 20, rue Monsieur le Prince París, 29 de abril de 1957 

Estimado amigo: Habiendo adquirido para mí sus observaciones a mi prefacio la importancia de una intimación, creo que le debo una explicación. Y estoy tanto más dispuesto a dársela cuanto que su forma de fe es la única que aprecio: ¿acaso no ha opuesto usted siempre las desgarraduras de la salvación a las de la duda? El escéptico no posee ninguna ventaja sobre el creyente: el primero soporta la carga de sus perplejidades, el segundo la de sus certezas. Estemos donde estemos, nos exponemos al vértigo, tropezamos con lo Insostenible. Me reprocha usted las palabras «la dulce mediocridad de los Evangelios». Sin embargo, ¿puede un hijo de pope escribir otras? En cuanto comencé a definirme, lo hice por reacción contra las verdades de mi padre, contra el cristianismo. A esa razón exterior se añade otra, íntima: mi incapacidad de comprender a Cristo, e incluso de imaginarlo. Por el contrario, Dios no ha dejado nunca de obsesionarme y de torturarme; los sufrimientos que me ha infligido son el honor de mi 66 vida, un desastre inesperado, un infierno que me redime ante mí mismo. Pero si Él ha sido preservado en mis pensamientos, no lo ha [70] sido en mi corazón: nunca he podido amarlo... Me considero un creyente sin la gracia. Estoy seguro de que esta paradoja no le hará sonreír, pues usted conoce sin duda esos momentos en que daríamos todo el universo por una oración, pero en que ninguna palabra se adhiere al misterio, esos instantes en los que se permanece fulminado en el umbral de una llamada, y en los que nos hallamos tan lejos de nosotros mismos como de todo. Imposible enumerar todas mis imposibilidades. Y en el fondo importan tan poco... Pero es hora ya de que concluya y vuelva a lo esencial: darle las gracias por haberme turbado y expresarle mi afectuosa admiración. 

E. M. Cioran




El útlimo delicado. Emil Cioran habla sobre Borges

 Querido amigo:

El mes pasado, durante su visita a París, me pidió usted que colaborara en un libro de homenaje a Borges. Mi primera reacción fue negativa; la segunda también. ¿Para qué celebrarlo cuando hasta las universidades lo hacen? La desgracia de ser conocido se ha abatido sobre él. Merecía algo mejor, merecía haber permanecido en la sombra, en lo imperceptible, haber continuado siendo tan inasequible e impopular como lo es el matiz. Ese era su terreno. La consagración es el peor de los castigos -para el escritor en general y muy especialmente para un escritor de su género. A partir del momento en que todo el mundo lo cita, ya no podemos citarle o, si lo hacemos, tenemos la impresión de aumentar la masa de sus “admiradores”, de sus enemigos. Quienes desean hacerle justicia a toda costa no hacen en realidad más que precipitar su caída. Pero no sigo, porque si continuase en este tono acabaría apiadándome de su destino. Y tenemos sobrados motivos para pensar que él mismo se ocupa ya de ello.

Creo haberle dicho un día que si Borges me interesa tanto es porque representa un espécimen de humanidad en vías de desaparición y porque encarna la paradoja de un sedentario sin patria intelectual, de un aventurero inmóvil que se encuentra a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico y condenado. En Europa, como ejemplar similar, se puede pensar en un amigo de Rilke, Rudolf Kassner, que publicó a principios de siglo un excelente libro sobre la poesía inglesa (fue después de leerlo, durante la última guerra, cuando me decidí a aprender el inglés) y que ha hablado con admirable agudeza de Sterne, Gogol, Kierkegaard y también del Magreb o de la India. Profundidad y erudición no se dan juntas; él había logrado sin embargo reconciliarlas. Fue un espíritu universal al que sólo le faltó la gracia, la seducción. Es ahí donde aparece la superioridad de Borges, seductor inigualable que llega a dar a cualquier cosa, incluso al razonamiento más arduo, un algo impalpable, aéreo, transparente. Pues todo en él es transfigurado por el juego, por una danza de hallazgos fulgurantes y de sofismas deliciosos.

Nunca me han atraído los espíritus confinados en una sola forma de cultura. Mi divisa ha sido siempre, y continúa siéndolo, no arraigarse, no pertenecer a ninguna comunidad. Vuelto hacia otros horizontes, he intentado siempre saber qué sucedía en todas partes. A los veinte años, los Balcanes no podían ofrecerme ya nada más. Ese es el drama, pero también la ventaja de haber nacido en un medio “cultural” de segundo orden. Lo extranjero se había convertido en un dios para mí. De ahí esa sed de peregrinar a través de las literaturas y de las filosofías, de devorarlas con un ardor mórbido. Lo que sucede en el Este de Europa debe necesariamente suceder en los países de América Latina, y he observado que sus representantes están infinitamente más informados y son mucho más cultivados que los occidentales, irremediablemente provincianos. Ni en Francia ni en Inglaterra veía a nadie con una curiosidad comparable a la de Borges, una curiosidad llevada hasta la manía, hasta el vicio, y digo vicio porque, en materia de arte y de reflexión, todo lo que no degenere en fervor un poco perverso es superficial, es decir, irreal.

Siendo estudiante, tuve que interesarme por los discípulos de Schopenhauer. Entre ellos, un tal Philip Mainlander me había llamado particularmente la atención. Autor de una Filosofía de la Liberación, poseía además para mí el aura que confiere el suicidio. Totalmente olvidado, yo me jactaba de ser el único que me interesaba por él, lo cual no tenía ningún mérito, dado que mis indagaciones debían conducirme inevitablemente a él. Cuál no sería mi sorpresa cuando, muchos años más tarde, leí un texto de Borges que lo sacaba precisamente del olvido. Si le cito este ejemplo es porque a partir de ese momento me puse a reflexionar seriamente sobre la condición de Borges, destinado, forzado a la universalidad, obligado a ejercitar su espíritu en todas las direcciones, aunque no fuese más que para escapar a la asfixia argentina. Es la nada sudamericana lo que hace a los escritores de aquel continente más abiertos, más vivos y más diversos que los europeos del Oeste, paralizados por sus tradiciones e incapaces de salir de su prestigiosa esclerosis.

Puesto que le interesa saber qué es lo que más aprecio en Borges, le responderé sin vacilar que su facilidad para abordar las materias más diversas, la facultad que posee de hablar con igual sutileza del Eterno Retorno y del Tango. Para él cualquier tema es bueno desde el momento en que él mismo es el centro de todo. La curiosidad universal es signo de vitalidad únicamente si lleva la huella absoluta de un yo, de un yo del que todo emana y en el que todo acaba: comienzo y fin que puede, soberanía de lo arbitrario, interpretarse según los criterios que se quiera. ¿Dónde se halla la realidad en todo esto? El Yo, farsa suprema. El juego en Borges recuerda la ironía romántica, la exploración metafísica de la ilusión, el malabarismo con lo ilimitado. Friedrich Schegel, hoy, se halla adosado a la Patagonia.

Una vez más, no podemos sino deplorar que una sonrisa enciclopédica y una visión tan refinada como la suya susciten una aprobación general, con todo lo que ello implica. Pero, después de todo, Borges podría convertirse en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas, y si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo le imitaría a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido, al último delicado.

E.M. Cioran

Acabar con todo - Octavio Paz


 

Dame, llama invisible, espada fría,
tu persistente cólera,
para acabar con todo,
oh mundo seco,
oh mundo desangrado,
para acabar con todo.

Arde, sombrío, arde sin llamas,
apagado y ardiente,
ceniza y piedra viva,
desierto sin orillas.

Arde en el vasto cielo, laja y nube,
bajo la ciega luz que se desploma
entre estériles peñas.

Arde en la soledad que nos deshace,
tierra de piedra ardiente,
de raíces heladas y sedientas.

Arde, furor oculto,
ceniza que enloquece,
arde invisible, arde
como el mar impotente engendra nubes,
olas como el rencor y espumas pétreas.
Entre mis huesos delirantes, arde;
arde dentro del aire hueco,
horno invisible y puro;
arde como arde el tiempo,
como camina el tiempo entre la muerte,
con sus mismas pisadas y su aliento;
arde como la soledad que te devora,
arde en ti mismo, ardor sin llama,
soledad sin imagen, sed sin labios.
Para acabar con todo,
oh mundo seco,
para acabar con todo.

viernes, 22 de marzo de 2019

Pinker y el feminismo de género. Por Pablo Malo


Algún comentario de la entrada anterior se quejaba de que no había desarrollado bien lo del feminismo de género así que en esta entrada voy a intentar explicar con más detalle los argumentos de Pinker contra el feminismo de género. Primero hay que señalar que Pinker no critica a todo el feminismo en general sino que distingue, siguiendo a Christina Hoff Sommers, dos tipos de feminismo. El primero es el feminismo de la igualdad que combate la discriminación sexual y otras formas de injusticia de las mujeres y que forma parte de la tradición liberal y humanista clásica que surgió de la Ilustración. El segundo es el feminismo de género que sostiene que las mujeres siguen estando esclavizadas por un sistema de dominación del macho, el sistema de género, y se opone a la tradición liberal clásica aliándose con el marxismo, el posmodernismo, el constructivismo social y la ciencia radical. Este último, que es el que se ha convertido en el credo de algunos programas de estudios sobre la mujer, organizaciones feministas y portavoces del movimiento de las mujeres, es el que Pinker critica porque es una razón importante de que la aplicación de la evolución, la genética y la neurociencia a la mente humana cuente con una dura resistencia en la vida intelectual moderna. También hay que decir que Pinker habla del presente en los países de nuestro entorno y no de la discriminación contra las mujeres en muchos lugares del planeta y la que ha ocurrido en tiempos pasados. No hay ninguna duda de que las mujeres se enfrentaron a una discriminación generalizada en el pasado y lo siguen haciendo hoy en algunos sectores.

Este feminismo de género se compromete con tres afirmaciones sobre la naturaleza humana:

1- Las diferencias entre hombres y mujeres no tienen nada que ver con la biología, sino que están completamente construidas socialmente.
2- Los seres humanos poseen una única motivación social, el poder, y la vida social sólo se puede entender desde el punto de vista de cómo se ejerce.
3- Las interacciones humanas no surgen de las motivaciones de las personas que se tratan entre sí como individuos, sino de las motivaciones de los grupos que tratan con otros grupos, en este caso el sexo masculino que domina al sexo femenino

Básicamente, Pinker lo que hace es esclarecer la relación entre la biología de la naturaleza humana y temas muy candentes entonces (2002), y también ahora, como la supuesta brecha salarial, la demanda de 50/50 en todas las profesiones, o la agresión sexual. Pinker defiende que mujeres y hombres no tienen unas mentes íntercambiables, que las personas tienen otros deseos que no son el poder (amor, sexo, belleza, familia, sentido de pertenencia…), y que los motivos pertenecen a las personas individuales y no a todo un grupo (el de los hombres). Yo me voy a centrar en el tema de la violación pero voy a decir algunas cosas sobre los otros temas, muy breves por razones de espacio. 

No voy a entrar en ello pero Pinker señala diferencias entre los sexos, como mayor interés de los hombres por las relaciones sexuales, su mayor tendencia a competir violentamente, mejores capacidades verbales en las mujeres y espaciales en los hombres, las niñas juegan más a imitar roles sociales y los niños a luchar, perseguirse y manipular objetos, etc. Luego defiende que estas diferencias no se deben sólo a la socialización sino que se observan en otras especies y habla de factores genéticos y hormonales, etc. Muchos de ellos están recogidos en este entrada donde se menciona el famoso caso de David Reimer y los casos de extrofia vesical que demuestran que coger a un chico y educarlo como chica no funciona. Por supuesto, ninguna de las diferencias de sexo descubiertas hasta hoy se aplica a todos los hombres y a todas las mujeres, de modo que las generalizaciones sobre un sexo siempre serán falsas respecto a muchos individuos.

También dice cosas sobre que las mujeres no elijan determinadas carreras como que una desigualdad en el resultado no se puede aducir com prueba de una desigualdad de oportunidades. Las diferencias medias en las preferencias son las que situarían a los sexos en trayectorias diferentes. Las mujeres prefieren también sacrificar ingresos económicos porque valoran más la vida familiar, estar con sus hijos y amigos y en definitiva tener una vida. Una democracia podría decidir dividir los ingresos y los empleos 50/50 entre los sexos -y obligar a que sean el mismo número de hombres y mujeres los que arreglen tuberías en una plataforma petrolífera o los que den clases en infantil u operen en neurocirugía-  pero eso tendría un coste en ambos sexos, el de impedir que hombres y mujeres realicen el trabajo que más les guste y obligarles a trabajar en lo que no  les gusta. 

Dejo de lado lo del repetido mantra de que las mujeres cobran menos que los hombres por el mismo trabajo -ampliamente refutado ya a estas alturas y que tal vez sea tema para una entrada posterior-, y voy a tratar el tema de la violación. Bien, la postura “oficial” de este feminismo es que la violación no tiene nada que ver con el sexo y que es un tema de poder. Y, unido a ello, que la violación no tiene nada que ver con el deseo sexual de un hombre individual, sino que es una táctica con la que todo el sexo masculino oprime al sexo femenino. Esta doctrina procede de Susan Brownmiller en su libro de 1975 Contra nuestra voluntad donde dice:

“Hay que situar el descubrimiento del hombre de que sus genitales podían servir de arma para generar miedo entre los descubrimientos más importantes de la prehistoria, junto con el fuego y la primera hacha de piedra rudimentaria. Creo que, desde los tiempos prehistóricos hasta la actualidad, la violación ha desempeñado un papel fundamental (…) es nada más y nada menos que un proceso de intimidación por el que todos los hombres mantienen a todas las mujeres en un estado de miedo”.

Esto derivó en el catecismo actual: la violación no es una cuestión de sexo, nuestra cultura socializa a los hombres para que violen y glorifica la violencia contra las mujeres. Vamos a ver argumentos contra la primera parte de este dogma:

  • Hay una relación compleja entre sexo y violencia y sexo y poder. Pero el hecho de que la violación tenga algo que ver con la violencia no significa que no tenga nada que ver con el sexo, del mismo modo que no podemos decir que un robo a mano armada no tenga nada que ver con el dinero y que se trata sólo de un asunto de poder…
  • Sabemos que algunos hombres utilizan la violencia para conseguir lo que quieren: secuestran niños para pedir un rescate, roban para conseguir droga u otros objetos, dejan ciega a la víctima de un atraco para que no les pueda identificar, matan a un extraño para robarle la cartera o las zapatillas…Sería un hecho extraordinario, que contradiría todo lo que sabemos de las personas, que algunos hombres no emplearan la violencia para conseguir sexo.
  • Las feministas argumentan como datos a su favor que los violadores buscan a veces mujeres mayores y estériles, que algunos padecen disfunción sexual durante la violación, que algunos obligan a realizar actos sexuales que no tiene que ver con al reproducción y que algunos emplean preservativo. La tesis no convence por dos razones: En primer lugar, estos ejemplos constituyen una minoría de las violaciones de modo que se le podría dar la vuelta a la argumentación y afirmar que en la mayoría de las violaciones existe una motivación sexual. Pero es que, además, todo eso que señalan ocurre también en el sexo consentido, de modo que la tesis lleva al absurdo de que el propio sexo nada tiene que ver con el sexo.
  • Pensemos en el caso de una violación en el contexto de una cita. La pareja sale, va a la discoteca, toman algo y acaban en el apartamento de uno de los dos. La chica en un momento dado dice no y el chico la viola. ¿Cómo lo explicamos? ¿Al principio el chico quería sexo y cuando la chica dice no pasa a querer poder? ¿Quería poder desde el principio? ¿o quería sexo desde el principio?
  • La violación existe en muchas especies del reino animal y en todas las sociedades humanas.
  • Generalmente, los violadores aplican la fuerza necesaria para coaccionar a la víctima a tener relaciones sexuales. Pocas veces provocan heridas graves o fatales. Sólo el 4% sufre heridas graves y muere menos de una de cada quinientas.
  • Las víctimas de violación se encuentran en la mejor edad para la reproducción de las mujeres (15-35 años) edad en al que son más atractivas para los hombres. La distribución por edad es muy distinta a la de las víctimas de otros delitos violentos.
  • Se calcula que un 5% de las víctimas de violación quedan embarazadas y en otros tiempos serían más. Brownmiller dice que las teorías biológicas de la violación son descabelladas porque “desde la perspectiva de la estrategia reproductora, las eyaculaciones al azar del violador que no realiza más que un acto sexual son una especie de ruleta rusa comparadas con el apareamiento consentido prolongado”. De acuerdo, pero el apareamiento consentido prolongado no es una opción para todos los machos y algo es mejor que nada. La selección natural puede operar con pequeñas ventajas reproductoras de hasta un 1%.


Vamos a ver ahora argumentos contra la segunda parte del dogma, la de que es un acto colectivo de todos los hombres y que se glorifica la violación en nuestra cultura. 

  • El violador se arriesga a que le maten los familiares de la víctima o a ir muchos años a la cárcel, ¿realmente los violadores asumen estos riesgos como sacrificio altruista en beneficio de los miles de extraños que constituyen el sexo masculino?
  • En la mayoría de casos y lugares al violador se le trata como la escoria.Incluso en las cárceles hay que protegerlos del resto de los presos. Si la teoría feminista fuera verdad se les recibiría como héroes.  
  • Hay un hecho elemental: los hombres tienen madre, hijas, hermanas y esposas que les importan mucho más que el resto de los hombres. Como señala la feminista de la equidad Wendy McElroy, la teoría feminista sostiene que “hasta el marido, el padre y el hijo más cariñosos y tiernos son beneficiarios de la violación de la mujer que aman. Ninguna ideología que haga tan viles acusaciones contra los hombres como clase puede curar mis heridas. Sólo puede provocar una reacción de hostilidad”.
  • La violación está castigada en todas las sociedades. Si fuera una táctica de los hombres ¿para qué la iban a convertir en un delito? 

Que existan violaciones es tanta prueba de que existe una cultura de la violación como que existan robos, homicidios o suicidios es prueba de que vivimos en una cultura del robo, del homicidio o del suicidio. Llevando las cosas al absurdo y aplicando la propia teoría de las feministas de género de que todo es una construcción social, los hombres habrían tenido otra opción, y esto es reflexión mía no de Pinker. Si todo es una construcción social, el dolor por ser víctima de una violación también sería una construcción social así que los hombres sólo tendrían que cambiar la socialización y educar por ejemplo a las mujeres para que accedan a tener relaciones sexuales con cualquier hombre que se lo pida. Pero esto tiene, entre otros, un problema, la naturaleza humana y una cosa que se llama selección sexual. Como explican Thornhill y Palmer, en todo el reino animal las hembras se resisten al sexo obligado. La violación subvierte la capacidad de decisión de la hembra, el núcleo del omnipresente mecanismo de la selección sexual. Una hembra, al escoger al macho con el que aparearse y las circunstancias en que hacerlo, puede elevar al máximo las probabilidades de que su hijo tenga unos buenos genes. Como dicen Tooby y Cosmides, este cálculo evolutivo explica por qué las mujeres evolucionaron para ejercer el control sobre su propia sexualidad, sobre las condiciones de las relaciones y sobre las decisiones de qué hombres van a ser los padres de sus hijos. Se resisten a ser violadas y sufren cuando tal resistencia fracasa, porque se les ha usurpado el control sobre sus propias decisiones y sus relaciones sexuales.

Todo esto tiene implicaciones de cara al estudio y tratamiento de la violencia sexual. Ya no es “sexualmente correcto” realizar estudios sobre las causas de la violación (o de otro tipo de violencia) porque -como sabe cualquier persona que piense como se debe- sólo existe una causa: el patriarcado. Y ello va a repercutir en los consejos que se dan a las mujeres y en los tratamientos para los violadores. En algunos programas se les da charlas a los violadores sobre el patriarcado, el heterosexismo y las conexiones entre la violencia doméstica y la opresión racial. Un mal diagnóstico lleva a un mal tratamiento.

Resumiendo la postura de Pinker, el feminismo como movimiento a favor de la igualdad política y social es importante, no así el feminismo como camarilla académica entregada a doctrinas excéntricas sobre la naturaleza humana. Eliminar la discriminación contra las mujeres es importante, no así pensar que hombres y mujeres nacen con unas mentes indistinguibles. La libertad de decisión es importante, no así asegurar que las mujeres constituyan exactamente el 50% en todas las profesiones. Y eliminar las agresiones sexuales es importante, pero no así defender la teoría de que los violadores desempeñan su papel en una vasta conspiración masculina.

Fuente: https://evolucionyneurociencias.blogspot.com


sábado, 19 de enero de 2019

Pío Baroja. Melancolía (1893)

Era un viejo y pálido y haraposo; su mirada fría parecía no ver a quien hablaba; su boca sonreía con amarga tristeza; su voz era de un tono apagado, y toda su persona respiraba decaimiento y ruina.
Así habló aquel anciano:
“Mis padres eran nobles y acaudalados; murieron antes de que pudiera yo darme cuenta de lo que es la muerte; me eduqué en un colegio en donde nadie se oponía a mi voluntad; salí de él a los veinte años, noble, rico y hermoso; tuve caprichos de nabab, que satisfice; no negué a mis ojos cosa alguna que desearan, ni a mi corazón placer que anhelase; gocé de todo, de todo lo que el mundo puede presentar de más grato…

Y estaba triste.

Viajé; vi en el Sur mares luminosos en que cada gota resplandecía con la luz deslumbradora de un diamante; vi en los países del Norte montañas sembradas de pinos y abetos y cubiertas con una perpetua capa de nieve apenas irisada por un sol pálido, como convaleciente; me confundí en el infernal torbellino de la gran ciudad, como la hoja con las otras del campo, para dar vueltas frenéticas en el aire; moré en la aldea de sencillas costumbres, pero no experimenté la paz del alma…

Y estaba triste.

Estudié, comprendí con facilidad los más oscuros misterios de la ciencia; la esfinge me reveló sus secretos; adquirí fama en el mundo para comprender, como dice el Eclesiastés, que en la mucha sabiduría hay mucha molestia, y que quien añade ciencia añade dolor. No, mi sabiduría no mitigó mis vagos anhelos, mis deseos caóticos…

Y estaba triste.

Veía el astro del día sonreír en la cima de los montes, ahuyentando las negras sombras del valle; veíale brillar en las delicadas gotas que adornaban las hierbas; respiraba un aire cargado de suaves emanaciones que las florecillas del campo despedían; murmuraban en mi oído con dulce son el cristalino arroyuelo; pero yo no cedía al encanto; encontraba extraña voluptuosidad en no ver en aquel magnífico espectáculo más que motivo de aflicción para mi espíritu.

Y estaba triste.

Un día vi en la calle de una antigua ciudad una joven, casi una niña, encantadora; su cabeza tenía un no sé qué virginal, que creí verla rodeada de una blanca aureola; su faz estaba impregnada de dulce tristeza; su andar era leve; sus vestidos, modestos y sencillos. La seguí; la vi entrar en una casa de pobrísimo aspecto y después asomarse a una estrecha ventana, cuyo alféizar sostenía dos macetas con dos rosales de pálidas rosas; se estremeció al choque de mi mirada y yo me estremecí también al verla. Sentíme impulsado hacia el amor, pero la fuerza extraña que en mí se aloja y que me lleva a la desesperación aniquiló el movimiento del alma; huí de aquel sitio; salí de aquel pueblo y siempre, siempre…

Y estaba triste.

No conozco el amor que hace arder los corazones, no conozco la cólera que irrita, ni la alegría que expansiona el espíritu, ni la envidia que lo rebaja, ni la esperanza que todo lo tiñe de color de rosa; no tengo virtudes, ni vicios, ni pasiones, ni nada… Lamento la juventud perdida y que no he apreciado; el dinero que he visto siempre con desprecio cuando lo he poseído; el amor ahora para mí imposible, y antes por mí desdeñado. Deseo precisamente lo que no tengo, y, sin embargo, no hay en mi alma un ideal fijo y claro; siento ansias y anhelos de algo grande, de algo enorme, pero con ellos me moriré, y con ellos me enterrarán; ¿quién sabe?, quizá la muerte, al hacerlos desaparecer, los satisfaga”. Y al decir esto sonreía con amargura.

Y estaba triste.