martes, 29 de julio de 2014

Lunas de júpiter

Se subieron al camión dos chicos de no más de 17, olían a cigarro y odiaban al mundo (un poco menos que yo, claro). Uno de ellos traía un playera que avisaba al mundo que ellos son el futuro (we are the future) y es probable que sea verdad. Esta certeza decepciona, por cualquier lado que intente verse.
Yo también fui el futuro, pero sólo lo fui una vez en la vida y desde entonces nunca más. Diez años después de ese momento reencontré a la gente que pensó en mí como el futuro, y todos quedaron decepcionados de lo que yo había resultado ser. No cumplí con lo que se auguraba, no era una promesa con miras a la grandeza, ni siquiera era un presente decente, interesante de ver, aunque sea un poco; me había (me he) quedado en la periferia de ese tiempo guión triunfo, envejezco, sí, pero no soy ni seré realmente nada.
Ellos vieron futuro en mí porque me creyeron inteligente, todo fue un engaño que ellos no supieron leer. En defensa de mi yo de ese entonces, no lo hice a propósito, simplemente parecía que sabía lo que decía y hacía. Supongo que aún ahora lo parece.
La anécdota que ejemplifica todo es bastante sencilla:
Eramos niños (10 o 11 tal vez) y llevaron a todo el grupo a algún museo y mientras esperábamos entrar, formados en una línea interminable, lo guías nos empezaron a hacer preguntas para matar tiempo. Yo estaba hasta el final porque no me gustaba correr a ningún lado. Casi al principio de la fila estaba el otro niño inteligente del salón y los guías le preguntaron algo difícil para probarlo (¿la distancia al sol? ¿cuál es el planeta más lejano? ¿a qué velocidad viaja la luz? algo así) y él contestó correctamente porque su madre lo ponía a estudiar cosas innecesarias todo el tiempo.
Los guías quedaron impresionados y lo felicitaron, mientras que los demás niños les decían que yo era aún más inteligente, que seguro también sabía. Ellos vinieron atrás a preguntarme lo mismo y yo también acerté, no porque supiera la velocidad de la luz, el tamaño del sol o los nombres de las lunas de júpiter, sino porque, sin que nadie se diera cuenta, lo había escuchado.
También se sorprendieron, también me felicitaron y los niños se ufanaron de que fuéramos tan inteligentes y estuviéramos con ellos. A mí me dio igual, pero desde ahí supe que podía hacer eso y salirme con la mía; ya sabía que no es que fuera particularmente inteligente, sino que podía hacer creer que sabía de lo que hablaba y así ha sido desde entonces.
Pero claro, ni en ese momento ni ahora, he tenido idea de nada, aunque cada vez me angustia un poco más que no se den cuenta de que no sé nunca de lo que hablo. Si aquella vez ellos se decepcionaron fue su culpa, yo nunca prometí futuros brillantes.

http://hombrecactus.wordpress.com

lunes, 14 de julio de 2014

LA MUJER VENGADA Marqués de Sade .-

Remontémonos a las épocas gloriosas en las que Francia tenía numerosos señores feudales que gobernaban despóticamente sus dominios, en vez de treinta mil esclavos envilecidos ante un solo rey. Cerca de Fimes vivía el señor de Longeville, en su vasto feudo, con una castellana morena, no demasiado bella, pero muy impulsiva, avispada y sumamente amante de los placeres. Ella contaba con unos veinticinco o veintisiete años de edad y él, como mucho, treinta; pero, como llevaban casados ya diez años, cada uno hacía lo que podía con objeto de procurarse las distracciones necesarias para aplacar el tedio matrimonial. La población, o más bien el villorrio de Longeville, no ofrecía excesivos estímulos; sin embargo, desde hacía dos años él se las arreglaba discreta y satisfactoriamente con una campesina de dieciocho años, tranquila y cariñosa, llamada Louison. La agradable tórtola acudía cada noche a los aposentos de su señor a través de una escalera secreta, construida a tal efecto en una de las torres, y por la mañana levantaba el vuelo antes de que la señora entrara en la alcoba de su marido, cosa que solía hacer a la hora del almuerzo.
Desde luego, la señora de Longeville estaba perfectamente al tanto de las incongruencias de su marido, pero como ello le daba la placentera libertad de distraerse también por su cuenta, fingía ignorarlo todo. Nada mejor que las esposas infieles, ya que están tan entretenidas ocultando sus propias aventuras que vigilan las del prójimo mucho menos que las mojigatas. Quien la alegraba a ella era un molinero llamado Colás, un musculoso jovenzuelo con menos de veinte años, maleable como la harina y bello como una rosa, que al igual que Louison se internaba secretamente en el castillo, acudía a la alcoba de la señora y se metía en su lecho cuando todo estaba en silencio. Nada hubiera turbado la felicidad apacible de estas dos adorables parejas si no hubiera sido por el diablo, que se metió por medio, y se les hubiera podido poner como ejemplo en toda Francia.
No se ría, estimado lector, por el uso que hago de la palabra ejemplo, pues cuando la virtud está ausente, siempre es preferible el vicio encubierto y prudente. ¿No es lo más acertado pecar sin provocar el escándalo? ¿Qué peligro puede entrañar la existencia de un mal que nadie conoce? Además, por muy censurable que pudiera parecer ese comportamiento, ¿no constituirán un ejemplo más edificante el señor de Longeville, agradablemente recostado en los cálidos brazos de su tierna campesina, y su respetable esposa, discretamente abrazada a su apuesto molinero, que una de esas duquesas parisinas que cambian cada mes de amante a los ojos de todos, mientras su marido derrocha doscientos mil escudos anuales para mantener a una de esas rameras deshonestas que usan el lujo como máscara para ocultar su desenfreno?
Así pues, repito, nada tan acertado como este discreto arreglo que procuraba la felicidad de nuestros cuatro personajes, si no fuera porque pronto vino la discordia a emponzoñar sus dulces existencias. Ocurría que el señor de Longeville, como tantos maridos necios, tenía la injusta pretensión de ser feliz sin que su esposa lo fuera también, y pensaba, como les ocurre a las perdices, que nadie le vería con solo esconder la cabeza; de modo que cuando descubrió los manejos de su mujer lo invadieron los celos, como si su propia conducta no justificara suficientemente la de ella, y decidió vengarse.
-Que me ponga los cuernos con un hombre de mi propia clase, pase -se decía-. ¡Pero no con un molinero! ¡Eso sí que no! Colás, bribonzuelo, tendrás que irte a moler a otro molino, ya que no quiero que nadie diga que el de mi mujer sigue abierto para acoger tu simiente.
Y dado que el despotismo de estos señores feudales se manifestaba siempre con la máxima crueldad,  acostumbrados como estaban a disponer legalmente de la vida y de la muerte de sus vasallos, el señor de Longeville tomó la decisión de hacer desaparecer al infortunado molinero en el foso que rodeaba el castillo.
-Clodomiro -ordenó un día a su cocinero- tú y tus muchachos tienen que librarse de ese infame que está mancillando mi honra y la de mi mujer.
-Muy fácil. Si lo deseas, podemos degollarlo y entregártelo trinchado como si fuera un cochinillo.
-No, no será necesario tanto -respondió el señor de Longeville- bastará con que lo metan en un saco lleno de piedras y lo dejen caer al fondo del foso con ese equipaje.
-Haremos lo que mandas.
-Sí, pero antes habrá que darle caza.
-Lo atraparemos, señor; demasiado listo tendrá que ser para escaparse de esta. Lo atraparemos, puedes estar seguro.
-Hoy, como siempre, llegará al castillo a las nueve de la noche -explicó el ultrajado esposo- Vendrá atravesando el jardín; desde allí entrará en el primer piso y se esconderá en la salita que hay junto a la capilla, donde permanecerá oculto hasta que mi mujer piense me he dormido y vaya en su busca para llevarlo a la alcoba. Dejaremos que haga todo esto, pero lo tendremos bien vigilado y lo atraparemos cuando menos se lo espere. Entonces le dan de beber, para que se le calme el ardor.
El plan era perfecto, y sin duda el infortunado Colás hubiera servido de alimento a los peces si todos se hubieran mantenido en silencio. Pero Longeville había confiado sus planes a demasiada gente. Uno de los ayudantes del cocinero, que estaba prendado de la señora y que, probablemente, aspiraba a compartir con el molinero los favores de ella, en vez de alegrarse por la desgracia de su rival como hubiera hecho cualquier otro hombre celoso, corrió a desvelar el proyecto de su marido, y recibió por ello un beso y dos relucientes escudos de oro que a él le parecieron de mucho menos valor que aquel beso.
-Desde luego -comentó disgustada la señora de Longeville a una de sus doncellas, que era partícipe de todos los enredos de su patrona- mi marido es muy injusto. ¿No hace él lo que quiere? Y yo no digo ni palabra. Pero luego se niega a que yo me resarza de todas esas noches de ayuno que me hace padecer. Pues no lo voy a tolerar, eso sí que no. Escucha, Jeannette, ¿querrás ayudarme con un plan que he maquinado para salvar a Colás y para poner en evidencia al señor?
-Claro, señora, haré todo lo que me pidas... Ese pobre Colás es un joven tan guapo, con esas caderas tan firmes y esos colores tan frescos. Claro que sí, señora, ¿qué es lo que tengo que hacer?
-Debes avisar enseguida a Colás para que no se acerque al castillo hasta que yo no se lo ordene. Y dile que te entregue la ropa que suele ponerse para visitarme por las noches. Luego busca a Louison, la amante del bellaco de mi esposo; explícale que vas de parte de él, y que es su deseo que esta noche se ponga esas ropas, que tú llevarás preparadas en el delantal; dile también que esta vez no venga por el camino habitual, sino que atraviese el jardín, que entre por el patio al primer piso y que se esconda en la sala que hay junto a la capilla hasta que el señor vaya a buscarla. Si te pregunta el porqué de estos cambios, le contestas que es por los celos de la señora, que está sospechando y que puede tener vigilada la ruta habitual. Y si se siente atemorizada, haz lo que sea para que se tranquilice, pero sobre todo, insiste en que no deje de acudir a la cita, ya que el señor tiene que tratar con ella asuntos de máxima importancia, relativos a la escena de celos que ha mantenido conmigo.
Como la doncella cumplió el encargo a la perfección, allí estaba escondida la infortunada Louison, a las nueve de la noche, en la sala aneja a la capilla y vestida con las ropas de Colás.
-¡Este es el momento! -ordenó Longeville a sus secuaces-. Todos han visto esta infamia, ¿verdad, amigos?
-Así es, y vaya con el molinero, lo guapo que es.
-Pues ahora entran de golpe, le tapan la cabeza con un trapo para que no grite, lo meten en el saco y al agua con él.
Así lo hicieron. La pobre Louison no pudo ni abrir la boca para enmendar el error y al poco ya la había lanzado al foso por la ventana de la sala, metida en un saco lleno de pedruscos.
Una vez terminada la batalla, el señor de Longeville se apresuró a sus aposentos para recibir a su amada, que según él pensaba debería estar al llegar, pues lejos estaba de imaginar que se encontrara en un lugar tan húmedo. En mitad de la noche, inquieto al comprobar que nadie aparecía, el infeliz amante decidió acudir personalmente a la casa de Louison, aprovechando la clara luz de la luna. Por cierto, que este es el momento que aprovechó la señora de Longeville, para instalarse en el lecho de su esposo, al que había estado acechando. Todo que pudo averiguar por boca de sus familiares es que su amada había ido al castillo a la hora de costumbre, aunque del extraño atuendo que llevaba nada le dijeron, ya que ella lo había mantenido en secreto y había salido de la casa sin que nadie la viera.
Ya de regreso en su alcoba, y a oscuras, porque la vela se había apagado, se acercó al lecho y entonces es cuando sintió el aliento de una mujer, que él no pudo menos que confundir con el de su bella Louison. Así que sin pensarlo dos veces, se introdujo entre las sábanas y comenzó enseguida a acariciar a su esposa y a emplear con ella las tiernas efusiones que solía dedicar a su amada.
-¿Por qué me has hecho esperar tanto, bella mía? ¿Pero dónde estabas, mi pequeña?
-¡Bellaco! -gritó entonces la señora de Longeville, iluminando la estancia con una lámpara que tenía escondida-. Yo soy tu esposa, no esa ramera a la que tu entregas el amor que sólo a mi me corresponde.
-Me parece -respondió él fríamente-, que estoy en todo mi derecho, máxime cuando llevas tanto tiempo engañándome de un modo tan desvergonzado.
-¿Engañarte yo? ¿Con quién, si puede saberse ?
-¿Crees que ignoro las citas que mantienes con Colás, el molinero, uno de los más viles de mis vasallos?
-Yo no podría rebajarme hasta tal punto. Estás loco. No sé de qué me hablas. Te desafío a que lo demuestres, si es que puedes -respondió ella con arrogancia.
-Siendo sincero, eso me va a resultar un poco difícil, ya que acabo de lanzar al foso a ese miserable que mancillaba mi honor, de modo que no podrás volver a verlo nunca más.
-Esposo mío -replicó la castellana con descaro inusitado- si a causa de tus celos desvariados has ordenado lanzar a algún desdichado al agua, serás culpable de una terrible injusticia, porque como te he dicho, el molinero no ha venido jamás al castillo a visitarme.
-¡Pero bueno! Al final voy a pensar que estoy loco...
-Pues nada más sencillo para aclarar este enredo. Que venga ese vasallo del que estás tan ridículamente celoso. Que vaya Jeannette a buscarlo, y ya veremos lo que ocurre.
La doncella, que estaba sobre aviso, obedeció en seguida y trajo al molinero. Al señor de Longeville le costó creer lo que veía, y ordenó que fueran a averiguar quién era, en ese caso, el arrojado al foso. Pronto trajeron un cadáver, el de la desdichada Louison.
-¡Cielos! Es la mano de la providencia la causante de todo esto, pero no me lamentaré ni indagaré más. Sin embargo, algo te voy a pedir: ya que has logrado quitarte de en medio a la causante de tu desasosiego, desembaracémonos también de quien me inquieta a mí. Que el molinero abandone la comarca para siempre ¿Trato hecho?
-Sí, estoy de acuerdo. Que la paz y el amor renazcan entre nosotros, para que nada pueda distanciarnos nunca más.
Colás desapareció para siempre, Louison fue enterrada y desde entonces no se ha visto en toda Francia otro matrimonio más unido que el de los Longeville.

domingo, 6 de julio de 2014

Individualismo, por Louis Simon

Esta palabra se comprende mal la mayoría de las veces. No se debe confundir con significaciones estrechas, especialmente con el egoísmo, pues tiene además aspectos positivos. Sobre todo si no pensamos en lo que se llama individualismo burgués, que se confunde más bien con el beneficio personal y la explotación. Se debe pues reflexionar sobre las implicaciones múltiples de este término. Reivindica con toda su fuerza el lugar del individuo como responsable de sí mismo. No se trata de una vuelta del individuo a su exclusiva existencia ni del rechazo a considerar a los demás individuos como válidos.

Históricamente, aparece como el reconocimiento del individuo pensante. Éste reacciona contra la opresión social que trata de anularlo. Marca la autonomía irreductible del hecho mismo del pensamiento. Desde el origen de la reflexión filosófica se ha colocado en primera fila en la búsqueda de la claridad mental. La sumisión a las fórmulas de autoridad es la negación del logro de un ser distinto. La obediencia a las tradiciones que no hacen sino repetir religiosamente las enseñanzas reveladas, la marcha en tropel cantando los himnos bien aprendidos, es lo contrario del individualismo. Cuando el hombre se levanta contra las imposiciones sociales para recurrir al examen crítico de esas órdenes impuestas, comienza a actuar el individualismo. No será persiguiendo la oposición a la razón como se pueda encontrar la realidad de un pensamiento independiente.

Un estudio profundo del individualismo constituiría el conocimiento exacto de las estapas de la liberación intelectual y moral de la humanidad. Los que no aceptan las tendencias irreprimibles del hecho del individualismo y pretenden negar su importancia, ignoran su propia individualidad. Siguen atrapados por el peso de prejuicios de los que no son conscientes por la persistencia de éstos en ellos mismos. Están tan cegados por las costumbres que no pueden ni sacudirlas ni rechazarlas.

Reivindiquemos desde el principio el significado preciso del individualismo. Por otra parte, éste se burla de las protestas que no alcanzan su profunda verdad. Resiste a los discursos falaces que imaginan poder destruir su implantación en la naturaleza del hombre. El espíritu libertario está en él. "Los mismos que lo maldicen lo llevan en su alma", como dice el bello verso de Émile Verhaeren.

Se consideran modernas las justificaciones del pensamiento individualista. Pero las raíces de este gran árbol son mucho más profundas.

Hay que acudir al maravilloso librito de Han Ryner, Historia del individualismo en la Antigüedad. En él se hallan las diversas conferencias que dio su autor desde comienzos del siglo pasado sobre el pensamiento individualista. Este libro sencillo no ofrece ninguna dificultad en su lectura.

El primer gran nombre que invoca es el de Sócrates, el padre del "Conócete a ti mismo". Le ha otorgado la fisonomía que las tradiciones falsificadoras habían emborronado con rasgos deformados.

Después, los sabios auténticos, los liberadores, los que han fundado la sólida interpretación de la conducta del hombre verdadero. Se trata de los epicúreos, que rechazaban la creencia en los dioses y se basaban únicamente en el conocimiento de su propia naturaleza. Efectuaron lo que Han Ryner llama una crítica de la sensibilidad. Otra penetrante búsqueda tuvo lugar con los estoicos. Han Ryner los admira por su "crítica de la voluntad". Comprendieron la fuerza de los nudos formados por la voluntad de la razón, y la indiferencia hacia las cosas que no dependen de nosotros.

Esas son las conquistas que se pueden llamar eternas, que valen para mañana tanto como valieron para ayer. Entre los monumentos -podemos llamarlos así- bien erigidos de las meditaciones antiguas, debemos situar el Manual de Epícteto, que constituye un enérgico compendio para quienes quieran aprender a ser ellos mismos.

No insistiré en los detalles preciosos aportados al arte del comportamiento armonioso por las enseñanzas sin presiones exteriores que nos introducen en la práctica de la sabiduría.

No vamos a desarrollar toda la historia del individualismo. No citaremos los nombres de todos los que han inventado un modo personal enriquecedor para todos los hombres de buena voluntad. Sin invocar al prudente escéptico que fue Montaigne, se puede recordar que Descartes socavó el viejo dogmatismo para inaugurar el método riguroso. Hemos llegado al tiempo en que el indiviudalismo se propaga de una manera poderosa y diversa.

Henry-David Thoreau, el admirable cantor de Walden o la vida en los bosques, es autor de La desobediencia civil. No se ha hablado poco de él con motivo el 150 aniversario de su nacimiento. Su amor entusiasta por la vida natural, su amor a los animales, han suscitado recientes imitaciones.

No podemos silenciar la obra de Max Stirner. El único y su propiedad ha sido analizado de forma extraordinaria por Victor Bosch, que expone de manera perfecta sus planteamientos filosóficos. La orientación de su individualismo es más bien económica. Ha sido seguido por E. Armand que, hasta edad avanzada, publicó revistas. Hay que aludir a su Iniciación al individualismo anarquista. Benjamin Tucker fue cercano a él.

León Tolstoy no puede ignorarse tampoco por muchos aspectos de su mensaje. Se opuso al Estado y a su violencia. El que firma como Manuel Devaldes ha dedicado una buena parte de sus escritos al problema de la limitación de los nacimientos. "Crecer y multiplicaros, es la guerra" ha afirmado en un volumen aparecido en 1933. En el momento del inicio de la guerra de 1914 pasó a Inglaterra, donde pudo expresar su oposición a todo conflicto armado y obtener el estatuto de objetor de conciencia. En La maternidad consciente, de 1927, subraya el valor de rechazar engendrar como prevención a la lucha armada. Además, es un escritor y crítico de gran talento.

Los numerosos volúmenes publicados por Gérard de Lacaza-Duthiers representan una suma del pensamiento individualista. Pretendía encontrar en la época prehistórica las huellas del primer individualismo, pero desgraciadamente no pudo terminar su Filosofía de la prehistoria.

No olvidemos tampoco las propuestas del filósofo Alain, que rozan las implicaciones políticas radicales, para reivindicar la crítica de los organismos colectivos. No olvidemos tampoco a Nietszche, el gran lírico de Así habló Zaratustra. Una hermana abusiva castigó su obra tergiversándola penosamente. Pero insistió en un individualismo conquistador que habrá que analizar de cerca.

Georges Palante ha construido un pensamiento crítico que, frente al Estado, sitúa un individualismo bien argumentado. Su Combate por el individuo merece gran valor por sus reflexiones sobre las actitudes a tomar por un espíritu de calidad al que habrá que llegar. El novelista Louis Guilloux, que fue alumno suyo, ha pintado su personaje como Cripure en Le sang noir. Las enseñanzas de Palante han dejado huella.

Nuestro contemporáneo y amigo Charles-Auguste Bontemps ha propuesto un "individualismo social" en el que hay que destacar el valor del egoísmo bien comprendido.

Será siempre bueno hablar de Ibsen, en cuyas obras el individualismo es evidente. El filósofo Louis Prat, discípulo y amigo del gran filósofo Charles Renouvier, ha extraído del personalismo de su maestro un pensamiento nuevo, expresado en toda su amplitud en una obra maestra, La religión de la armonía, donde se muestra como uno de los filósofos franceses de primer orden en la época contemporánea.

Otros pensadores han tenido una influencia considerable de la India. El gran Aurobindo ha realizado una síntesis de los diversos yogas en un sentido original e individualista. Krishnamurti ha rechazado valientemente el papel del profeta y el santo religiosos que le han querido imponer para dirigirse hacia una independencia muy personal y a una meditación absolutamente liberada.

La riqueza de los puntos de vista se expresa también en las aportaciones del individualismo moderno. Se han ofrecido análisis variados para sondear los fundamentos de este pensamiento. Quiero sugerir a los que hablan del individualismo sin saber lo que puede ocultar esa palabra, que se informen primero. No deseo perder el tiempo con observaciones secundarias sobre las afirmaciones que constriñen el pensamiento libertario a un sistema cerrado. La vida que se propaga tiene cosas mejor que hacer que esas disputas escolares.

Y ahora debo llegar a una meditación que no puede pasarse por alto en silencio. Podría comprenderse mal que yo evite hablar de Han Ryner a propósito del individualismo. Sin estudiar la obra que ha elaborado en literatura y en historia, y que exigiría mucho espacio, debemos considerar lo que ha aportado para una construcción de la ética. Este término se relaciona rigurosamente con el comportamiento. Se trata, a mi entender, de la mejor contribución de Han Ryner en el ámbito de la acción personal. Su libro se titula Un arte de vivir. El autor lo llamaba "La sabiduría que ríe". Aún siendo un estudio corto, nos lleva más lejos de lo que habríamos podido imaginar. Se trata de una exposición preparada en profundidad a lo largo de muchos años, aunque no lo abarca todo, pues no lo pretende.

El autor establece las diversas relaciones para contribuir a la comprensión de lo que él ha llamado la voluntad de armonía. Los problemas que se plantean no tienen solución definitiva. Pero conduce a quienes le lean a planteárselos por sí mismos. No se trata de encerrarse en uno mismo, en un "único" que nos alejaría de los demás hombres. No rechaza la sensibilidad, el sentimiento, el corazón, tratando de adaptar su razón a las necesidades del universo. Pero rechaza profundamente el embrutecimiento de las creencias oficiales y las opiniones de moda. Se burla de las supersticiones políticas y sociales. Quiere hacer su vida lejos de imperativos exteriores. Su sabiduría es en primer lugar una realización interior. Se hace a plena luz. Se trata de la voluntad de no ceder jamas a órdenes artificiales.

Todo esto se dice en un lenguaje más bello, sencillo y sin pedantería. Pero Han Ryner quiere expresar sin disimulo todo su pensamiento. Por eso experimentan los que lo leen un placer igual sin duda al del escritor a la hora de escribir su libro. Nada de la pesadez de una filosofía oficial: es una manera tranquila de expresar luminosamente lo que podrá interesar a cada ser que se esfuerce en pensar.

En primer lugar, la certeza de que el origen de la sabiduría es la búsqueda de la felicidad. A continuación, que la felicidad es una forma: el acuerdo y el equilibrio entre las diversas tendencias internas, razón, acción y corazón. Esto no parece habitual si lo comparamos con las doctrinas que tienen por objetivo fabricar discípulos y aprobaciones. Este "arte de vivir" lleva la marca de la filosofía libertaria en el sentido más amplio. Invita a cada uno a encontrarse sin recibir una etiqueta. A ello se añade un sentido pluralista que permite las más diversas realizaciones.

Así me parece el desarrollo feliz de un pensamiento noble entre los demás, que no sufre ninguna presión exterior. No tenemos nada que ver con ningún catecismo, como se ve en el pequeño y bien articulado folleto aparecido en 1903 bajo el título Pequeño manual individualista, que ofrece el malévolo placer de la forma interrogativa de los catecismos. Sería bueno reeditar este pequeño manual en medios libertarios.

Han Ryner reagrupa en torno a su pensamiento central los pensamientos que le son fraternales, las más bellas flores de sabidurías más logradas. No quiere empobrecerse celosamente no transmitiendo más que sus propias reflexiones. Pero nos ofrece lo mejor de lo que han proclamado los sabios, los que han aprendido a condensar su experiencia haciendo que la aprovechen las generaciones sucesivas. Así, este individualismo feroz, que rechaza los crímenes, que rechaza obedecer y mandar, está hecho de amor hacia todos los hombres.

Naturalmente, se iniciarán discusiones sobre las cuestiones suscitadas por este estudio demasiado rápido. Escucharemos preguntas. De exámenes atentos surgirán complejidades. El tema no ha terminado de provocar cuestiones. Cada uno se cuestionará a sí mismo. Nuestras inquietudes nos enseñarán mutuamente. Los resplandores que podremos descubrir serán los resultados que espero ver surgir de todo esto. Hay materia suficiente para suscitar confrontaciones y, quizás, información sobre cosas que ignorábamos o de las que no habíamos hablado.

Louis Simon

El 31 de julio de 1980 muere en Francia el militante pacifista y anarquista individualista Louis Simon. Había nacido el 9 de julio de 1900 también en Francia. Además de profesor en el Instituto Carnot de París, científico matemático, escritor y poeta, fue el alma de la Liga de Acción Pacifista (LAP) y participó en la Internacional de Resistentes a la Guerra representando la rama francesa. Tomó parte en la creación de la Unión Pacifista de Francia. Propagandista del anarquismo individualista, se consagró a la difusión de las ideas de su suegro Han Ryner y a tal efecto creó en 1939 los Cahiers des Amis de Han Ryner, publicación que realizará hasta su muerte. Entre 1961 y 1980 colaboró habitualmente en la revista Europe. Es autor de Multiples (1964), Sur les exponentielles superposées (1966), À la découverte de Han Ryner (1970), Au vol des lumières. Poèmes (1971), Traité de plurades (1973), Un individualiste dans le social: Han Ryner (1973), Intercalaires (1976) y Dialogues sur l'avenir. Chers petits qu'allez-vous devenir? (1977).

Texto publicado en revistanada.blogspot.com

miércoles, 2 de julio de 2014

Schopenhauer y el arte de insultar con clase

Acabo de terminar un libro que ha resultado ser una lectura sublime. Se titula El arte de insultar y se trata de una colección de extractos recogidos a lo largo y ancho de la obra del filósofo alemán Arthur Schopenhauer. Muy en la línea de El diccionario del diablo deAmbrose Bierce por lo cáustico a la par que ameno, en él este profesional del pesimismo dispara con munición envenenada hacia todo aquello que considera absurdo, estúpido e inane: la religión, el patriotismo, la mujer (era profundamente misógino) o Hegel eran habituales blancos de sus acres invectivas. No con todas estoy de acuerdo pero no puedo por menos que reconocer la brillantez de algunos de los razonamientos en ellas contenidos. Es por ello que quiero dedicar ésta entrada a reproducir, a modo de aforismos, algunos de los fragmentos más chispeantes de esta genial recopilación.

- Quien escribe para los necios siempre encuentra un gran público.

- Las pequeñeces , siempre que dejen traslucir un carácter ruin, malvado o vulgar, son causa suficiente para romper incluso con los llamados buenos amigos: solo así podremos prevenir alguna faena grande, pues esas jugarretas únicamente están esperando la oportunidad adecuada.

- La imitación y la costumbre son los resortes que impulsan la mayor parte de la conducta humana.

- Solamente podemos tener un juicio correcto sobre cosas pasadas y un pronóstico certero de las venideras cuando no nos conciernen en absoluto, es decir, cuando no afectan para nada a nuestros intereses.

- El convencimiento que pretenden albergar los conversos adultos no suele ser otra cosa que la máscara de algún interés personal.

- Parece, en suma, como si el buen Dios hubiese creado el mundo para que se lo llevase el diablo, de modo que habría sido mejor que se hubiese estado quieto.

- Durante toda la época cristiana el teísmo oprime como un ser de pesadilla todos los esfuerzos intelectuales, en especial los filosóficos, e inhibe o atrofia todo progreso.

- Una religión que tiene por fundamento un suceso particular, que incluso hace de él, que ha tenido lugar en tal sitio y en tal momento concreto, el punto de inflexión del mundo y de toda existencia, tiene un fundamento tan débil que es imposible que subsista tan pronto como se haya difundido un poco de reflexión entre la gente.

- El hombre es en el fondo un horrible animal salvaje (...)Pero tan pronto desaparecen el candado y las cadenas del ordenamiento legal y se abre paso la anarquía, se muestra como el que realmente es.

- Los sacerdotes terminan por ser meramente los intermediarios en el comercio con unos dioses que se dejan sobornar.

- Nunca ha faltado gente dispuesta a aprovechar las ansias metafísicas del ser humano y explotarlas con el propósito de hacer de ello su medio de vida. (...)A saber, los curas. Para que su propio negocio estuviera asegurado han tenido que hacerse con el derecho de inculcar sus dogmas a los hombres muy temprano, antes de que el juicio haya despertado de su primer sueño, esto es, en su más tierna infancia. Pues es entonces cuando los dogmas inculcados, por absurdos que sean, prenden para siempre. Si tuvieran que esperar el pleno uso de razón, los curas no podrían conservar sus privilegios.

- Lo que es, ha de ser algo: una existencia sin esencia es impensable. Si un ser ha sido creado, entonces ha sido creadocomo está creado. Por consiguiente, un ser está mal creado si es malo, y es malo si actúa mal, es decir, si provoca el mal. Por tanto, el mal del mundo, al igual que suculpa -y ambas cosas son innegables-, recaen sobre su creador.

- La erudición consiste en equiparse con una gran cantidad de ideas ajenas que, a diferencia de las nacidas del propio suelo nativo, no le quedan a uno bien ni le visten con naturalidad.

- Vivimos en todo momento esperando algo mejor que lo que tenemos, y frecuentemente a la vez con nostalgia arrepentida de lo pasado. En cambio, el presente lo tomamos solamente como algo provisional y no lo consideramos otra cosa que el camino hacia alguna meta.

- El tipo de orgullo más barato es el orgullo nacional. Quien está poseido por él, revela con ello que carece de características individuales de las que pudiera estar orgulloso, pues de lo contrario no echaría mano de algo que comparte con millones de personas.

- El que posee méritos personales relevantes advertirá con toda claridad los defectos de su nación, ya que los tendrá siempre a la vista. Pero el pobre idiota que no tiene nada de lo que pudiera enorgullecerse se agarra al último discurso: estar orgulloso de la nación a la que pertenece. Eso lo alivia y, agradecido, se mostrará dispuesto a defender con uñas y dientes todas las taras y necedades propias de su nación.

martes, 1 de julio de 2014

Sexualidad y nihilismo del Marqués de Sade

El Marqués de Sade es uno de los personajes más entrañables de la literatura francesa, mundialmente conocido por las novelas Justine o los infortunios de la virtud Las 120 jornadas de Sodoma; es considerado una de las personas más perversas de la historia. La palabra “sádico”, refiriéndose a la persona quien recibe placer al inducir dolor físico o psicológico a otro ser vivo, tiene una referencia lingüística ligada a él, y mientras su obra permanece en la historia como uno de los libros más controversiales de todos los tiempos, la vida de Donatien Alphonse François de Sade, mejor conocido como Marqués de Sade, también fue bastante tumultuosa, marcada por el hedonismo excesivo que caracteriza sus obras.
Cultura Marques de Sade cara 
Sade nació en el seno de una familia adinerada y recibió una educación privilegiada, siempre fue una persona interesada por los viajes y los lugares exóticos gracias al trabajo de diplomático que su padre desempeñaba, eso lo llevó a tener dos materias favoritas de las cuales devoraba libros enteros: filosofía e historia. A la edad de 16 años entró al ejército, donde demostró aptitudes dignas de un líder, y gracias a su eficacia y desempeño se convirtió en un miembro indispensable para su régimen.
El Marqués de Sade se casó con Rénee Pelagie a los 23 años, ese matrimonio fue arreglado por los padres de los prometidos, quienes no tuvieron voto en la decisión, lo que afectó mucho a Sade, pues buscaba casarse con una mujer de la que en verdad estaba enamorado. Esto lo afectó profundamente y ese sentimiento se ver reflejado en Aline y Valcour, libro en el que menciona los infortunios del matrimonio arreglado. Aunque el Marques vivió gran parte de su vida con Rénee, quien se convirtió en el eje de su vida durante muchos años, él siempre resintió el no encontrar en su vida un amor romántico. 
Es después de un matrimonio en el que el sexo jugó un papel importante, cuando los “escándalos” comenzaron; esos rumores y chismes convirtieron a Donatien Alphonse François de Sade en un mito que vive hasta nuestros tiempos. Su abierta vida sexual puede o no deberse a la falta del amor que no encontró en su matrimonio, y en su vida en general, pero fue después de la boda cuando es arrestado por motivos que aún no son claros; se sospecha que pagó a una mujer por tener sexo con ella, le pidió tener sexo anal y acciones que no se habían estipulado en el trato. Así era su estilo de vida, en el que entre orgías y prostitutas se desarrolló la idea opuesta ante sus profundos deseos de encontrar el amor verdadero.

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“Los días, que en un matrimonio por conveniencia sólo traen consigo espinas, hubieran dejado que se abrieran rosas de primavera. Cómo hubiese recogido esos días que ahora aborrezco. De la mano de la felicidad se hubieran desvanecido demasiado deprisa. Los años más largos de mi vida no tendrían suficiente para ponderar mi amor. En veneración continua me arrodillaría a los pies de mi mujer y las cadenas de la obligación, siempre recubiertas de amor, habrían significado para mi corazón arrebatado sólo grados de felicidad. ¡Vana ilusión! ¡Sueño demasiado sublime!”
-Marqués de Sade 
El escándalo fue el sinónimo de Sade, a partir de entonces su vida corrió a cargo de las palabras que se transmitieron de boca en boca, sus perversiones se multiplicaban mientras viajaban más lejos y su inmunidad poco a poco perdió fuerza. 
Cuando comenzó a trabajar en la corte, inició su vida promiscua seduciendo a mujeres jóvenes y casadas, huyó con una de ellas durante dos años, aun así su mujer permaneció a su lado y fue poco después, en 1768, cuando el “escándalo de Arcueil” lo mantuvo preso por siete meses por, supuestamente, engañar a una mujer para que entrase a su casa y después desnudarla, azotarla y realizar cortes sobre su piel con una navaja. Fue absuelto debido a falta de pruebas, sólo permaneció en prisión 15 días y nunca se supo si la mujer inventó la historia o fue por las amistades de Sade que éste logró ser liberado.
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Gran aficionado por el teatro, la literatura, la política y la fascinación sexual, su obra literaria se convierte en un mensaje de un hombre a algo más que su época, se convierte en un legado filosófico de alguien quien vivió la Revolución Francesa de frente, que sufrió ataques por parte de la sociedad en la que vivía; de alguien cuyo nihilismo y ateísmo eran demostrados en sus convenciones sexuales, plasmando su concepción de instituciones a través de personaje que realizan actos inhumanos con sus juguetes sexuales, los que, muchas veces, representan al pueblo francés. 
El “escándalo de Marsella” fue con el que comenzó la vida de Sade del otro lado de la Ley, durante esos años fue perseguido debido a que supuestamente había envenenado con caramelos a tres prostitutas, de 18, 20 y 22 años, durante una orgía en la que participaron el Marqués y su sirviente. Huyó a Italia con su cuñada y fue entonces cuando su suegra comenzó a perseguirlo acusándolo de perturbador de la paz y pervertido, cuando el Sade regresó a Francia para visitar a su moribundo padre, fue encarcelado, y así permaneció trece años.

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El Marqués de Sade fue uno de los últimos prisioneros de la Bastilla, antes de la Revolución Francesa: 
“Desde el instante terrible en que me arrancaron tan ignominiosamente de tu lado, mi querida amiga, he sido víctima del sufrimiento más cruel. Me han prohibido darte detalles sobre esto, y todo lo que puedo decirte es que es imposible ser más desgraciado de lo que soy. Ya he pasado diecisiete días en este horrible lugar. Pero las órdenes que han dado ahora deben ser muy diferentes de las de mi reclusión anterior, porque la manera de tratarme no se parece nada a la de entonces. Siento que me es totalmente imposible soportar más tiempo un estado tan cruel. La desesperación se apodera de mí. Hay momentos en que no me reconozco. Siento que estoy perdiendo la razón. La sangre me hierve demasiado para soportar una situación tan terrible. Quiero volver mi furor contra mí mismo, y si no estoy fuera dentro de cuatro días, estoy seguro de que me romperé la cabeza contra los muros”.
 Es allí donde Sade escribió la mayoría de sus libros y donde su enclaustramiento lo llevó a un deterioro físico y mental. Fue esto, también, lo que lo indujo a autonombrarse misántropo y donde su vida se convirtió en un infierno personal. Es gracias a la Revolución Francesa que logró obtener su libertad, pero sin el apoyo de su esposa era libre en un mundo donde se encontraba solo; su divorcio fue de los primeros en ser registrados en Francia, gracias al triunfo de la Revolución. En sus últimos años Sade ganó y perdió el apoyo del nuevo régimen, incluso escribió el discurso para el funeral de Jean – Paul Marat y entre sus obras de teatro y su trabajo en la burocracia volvió a ser detenido y enviado a prisión por seis semanas sin un motivo real para encontrarse allí. Es esa época, la del Terror Francés, en la que la guillotina cortaba la cabeza de cualquiera que el Estado sospechara de traidor; Sade fue víctima del horror psicológico y poco antes de ser decapitado fue puesto en libertad sólo para terminar en una prisión por el resto de su vida, pues se descubrió que era el autor de la famosa y censurada obra: Justine.
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 El Marqués de Sade vivió los últimos años en el Charenton, donde su condición era deplorable. Se dice que mucha gente lo veía como un hombre agradable, hasta el momento en el que se enteraban de quién era. También se dice que durante esa época tuvo una amante de 13 años. Finalmente, el 2 de diciembre de 1814, a la edad de 74 años, con sobrepeso y ceguera, el tiempo se encargó de condenar su vida y obra, y fue el mismo tiempo el que convirtió aquellos textos uno de los registros de filosofía, sexualidad y libertad más importantes de la historia.